EL DIABLO EN RECOLETA




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Esa tarde de domingo me costó levantarme. Estaba nublado y hacía frío. El viento no sopla en Buenos Aires salvo alguna que otra brisa de vez en cuando que apenas se siente.

 

Bajé en la estación Uruguay de la línea B y me abrí paso doce cuadras porteñas entre la calle que daba a su edificio hasta que lo vi: edificio precioso en Recoleta, lleno de cristales, el portero dorado y un muchacho full time atendiendo en la puerta.

 

―Hola pibe, ¿cómo estás, querido? ¿A quiénes buscabas?

―Hola buenas, a Gustavo y Azucena, la parejita de novios.  

―Ahhh cierto sí sí, pasá nomás. El tercer asensor está libre.

―¡Gracias!

 

Me abrieron contentos y me recibieron muy bien. Necesitaban un trabajo de escritura en formato libro, que Gustavo había investigado por más de quince años. Era una oferta demasiado generosa para rechazar pero por sobre todo para no sospechar.

 

―Mirá la idea es contratarte para que vos le armes el libro a Gus, lo vean después con una editorial y lo hagan juntos.

―Gracias, Azucena, tendría que pensarlo.

―Dale estaría re bueno sería un sueño cumplido si vos dijeras que sí, además, sería un trabajo muy bien remunerado para vos. Es una buena oportunidad. ¡Gus está re ilusionado! Sabemos que lo necesitás sonrió con una dentadura blanco perla.

―Antes de confirmarte tengo que ver el material reiteré.  

―¿Gustavo no está?

―Salió a caminar pero lo arreglamos nosotros miró suplicante mientras me agarraba fuerte la mano.

―Gus está ilusionado. Pienso en tu mamá, todo el tiempo lo pienso.  

―Bueno que me mande el material y lo veo.

―Genial quedate a tomar el té.

 

Me fui tarde esa noche. Estaba helado y era junio. Bajamos en el ascensor Azucena, la perra que vamos a llamar Daisy y yo.

 

Tardé más o menos una hora y media en volver a casa. El frío quemaba. Me preparé unos mates, encendí la notebook y ahí estaba el coreo electrónico con cinco textos en Word de entre setenta y cinco y ciento viente páginas cada uno. Algo me hizo temblar. Bajé los archivos y me puse a leer. Mi intuición me decía que no, cuando estaba por responder el correo, aparece un mensaje de mi ex: “Renzo tenés que pasarme los quinientos mil de la cuota alimentaria de tu hijo Valentín. ¡No te olvides!”.

 

El corazón me dio un vuelco. Me quedé viendo el mensaje como un idiota hasta que caí en la realidad: tenía que aceptar. Era un trabajo denso e intenso. Me gustó el desafío aunque algo de todo eso no me cerraba.   

 

Cierro el mensaje de texto y bloquéo el teléfono. Veo un mensaje enviado de Azucena.  

 

―Hola Ren, te puedo decir Ren, Gus quiere empezar ya está a full. Quisiera que ya nos confirmes, ¿pudiste leer todo lo que te mandó? Besos, Azucena.

 

Respiré hondo, me estiré un poco y luego acepté la oferta. Después de todo era escritor fantasma cuando no escribía, ni publicaba para mí. Cerré el trato con una sensación amarga en la boca.

 

Entrevisté a Gustavo por video llamada que andaba pésimo y se escuchaba entre cortado. Me dijo que no le interesaba aprender a escribir. Quería maquetar un libro con todo lo que el tenía y que se lo publicara o le consiguiera quien lo pudiera hacer. Le pasé un presupuesto que negó con una mueca de asco. Corté para dar una clase de idiomas cuando me llega casi al instante otro mensaje a mi WP. Era Azucena otra vez.

 

―Ren, por favor, aceptá la oferta Gus acepta trabajar con vos. Ya hablé con él. Está de acuerdo y recontra entusiasmado. Es grande viste y quiere publicar, copate. No le digas que te escribo.

 

Nunca me gustó que me llamen por diminutivos. Eso lo tengo reservado para familia y amigos. Odio el exceso de confianza.

 

Conocí a Azucena hace mucho tiempo. Fue mi profesora en el colegio normal Bachiller 5 BOD de mi ciudad natal allá en la Patagonia hace teinta y tres años. Hay gente que da vuelta la página y sigue, otra, en cambio, se pierde en las trampas del tiempo. Ese rulo borgeano tan genial del hoy, ayer y todavía pero la vida real no funciona así.

 

Durante un mes cubrí la cuota alimentaria de mi hijo con lo trabajado en su casa. Me quedaba siempre más de la hora pactada ayudando a Gustavo con la computadora que apenas la sabía encender. ¡Era agotador!

 

Los vi muy solos y con ánimo de charlar. Me contaron sobre las propiedades que tenían: cuatro departamentos en ese mismo edificio donde vivían, una casa inteligente que se manejaba por una App en Chascomús, autos, camionetas, dos cocheras en Arenales, entre otras.

 

Azucena dejó la escuela y se jubiló de un alto cargo CEO de una petrolera. Gustavo era contador en la misma empresa. Les había ido muy bien a los dos. Juntos amasaron una fortuna. Se conocieron de muy jovenes cuando Azucena queda de secretaria privada de Gustavo. La pusieron a prueba, como todo buen alumno, las pasó con honores, hasta quedar de planta permanente, mientras el diablo metía los cuernos. Fueron amantes mucho tiempo hasta que se juntaron los dos en Capital Federal. Gustavo nunca se divorció.

 

Las tardes eran cada vez más complicadas y más desgastantes. Me llamaban día y noche. De no necesitarlos los hubiese fletado ese mismo día a la hora del té. Mi nivel de soporte y diplomacia estaban por los suelos pero la necesidad tiene cara de hereje. 

 

Azucena no paraba de escribirme. Todos los días llegaban uno o dos mensajes de ella. Los primeros eran para preguntarme cómo iba, los siguientes eran para que leyera un comienzo sobre uno de los personajes que ella misma había ideado y los últimos que leí, eran sobre un texto de su prima que escribía en un grupo literario en Chascomús y ella quería mi opinión. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan explotado y con tanta impunidad. Cada vez que quería mandarlos a la mierda pensaba en mi hijo Valen y su plato de comida. Era lo más importante.  

 

Me llamó Azucena a fin de mes pidiendo que vaya con urgencia. Había una neutralidad silenciosa en su voz. Quedamos de vernos el sábado por la tarde.

 

Tenía dolor de estómago y un insomnio terrible. Llegué al edificio. No había nadie esperando afuera. Miré mi reflejo tenía unas ojeras enormes. Toqué timbre. Azucena me abrió haciendo crujir la puerta principal sin saludarme. Entré.

 

―Hola Renzo pasá. Queríamos decirte algo no lo tomes a mal.

―Hola, Azucena, decime.

―No nos gusta el trabajo que estamos haciendo con vos.

―¿Por qué? Gustavo está reescribiendo el texto y le está dando forma.

―No nos respondés cuando te llamamos, te pedí que leyeras lo que escribí y no me dijiste ni lindo, ni feo.

―Lo leí, lo vamos a usar pero estamos recién empezando con todo el proceso de escritura, los libros toman tiempo

―Armalo así nomás es para que Gustavo esté contento. ¿Escuchás como se queja? ¿Ves cómo se pone?

―Las cuatro clases que tuvimos rara vez participa, ni le interesa. No sé.

―Tenés que entenderlo es tímido y tampoco leíste lo que te mandé, que escribió mi prima.

―Perdón Azucena pero es un texto muy largo y yo tengo clases de idiomas online todos los días me tengo que desconectar en algún momento. Además, eran muchas hojas.

―No era nada, Renzo. Una novela de cincuenta y cinco hojas no es nada. Vos que sos más joven y que escribís la leés rápido. Yo la leí en media hora.

―Azucena tu prima ya tiene un coach en Chascomús. Tiene que trabajar con él. Yo tengo mis alumnos que tienen sus proyectos y necesitan de mi tiempo. Vos me contrataste para el proyecto de Gustavo. Ustedes no son mis únicos clientes.

―Siempre pienso en tu mamá cuando ella trabajaba de escribiente conmigo y siempre transcribía en la computadora mis papeles y los de ella. Yo no tenía idea.  

―Me acuerdo que volvía siempre agotada.

―Pobre no sabía parecía siempre tan feliz susurró con mirada neutral.

―Perdoname, Azucena, mi mamá murió hace más de veinte años, ¿por qué la sacás justo ahora?

 

Azucena se levantó a calmar a Gustavo que puteaba desde la pieza del fondo. El aire se enfrió hasta cortarse con serrucho. Sentí otra vez muy fuerte ese sabor amargo. Azucena volvió.

 

―Gustavo está muy triste hoy y se siente defraudado. Tu tarifa es muy alta. No vamos a seguir. Te acompaño a la puerta.

 

―Ok Azucena entiendo ustedes aceptaron la oferta y no me dieron tiempo a preparar otro presupuesto. Bueno si Gustavo quiere le escribo yo la novela como fantasma y listo conversamos los montos por tramo de proyecto.

―No sé, corazón, está muy mal Gustavo con todo esto. Pensó que vos le ibas a escribir rápido el libro.

―Lo escribimos juntos no hay drama es más ponemos a nombre de Gustavo mi próxima novela, ¿dale?   

―No, Reni, no. Ya no quiere.

―Dale Azucena aceptá tengo que pagar la cuota alimentaria de mi hijo, ¿qué le doy de comer ahora? le rogué a muerte.

―Tomá Renzo, tomalo como indemnización. No vuelvas y no llames. Cualquier cosa te llamamos nosotros ¡Qué tengas lindo día, corazón!me extendió un fajo de billetes.

 

Me despedí. Azucena estaba desesperada. Bajé lento en el ascensor hasta la planta baja. Por lo menos con esto cubría parte de la cuota el mes que viene. Me quemaba el estómago y no podía dejar de pensar en mi hijo.

 

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